entre sus vigilantes ramas alborotadas entre sí,
me deja ver al fondo, allá, una mole granítica,
de apariencia siniestra,
con los últimos reflejos del sol,
que se despiden de ella como cada ocaso,
allí estará con el mismo rictus mañana en la tarde,
esperando su manta de calor diario,
la cadencia del río que no varía,
a mi parecer todos los tonos para los oídos
que desean escuchar esta armoniosa divinidad de la creación,
me deja ver al fondo, allá, una mole granítica,
de apariencia siniestra,
con los últimos reflejos del sol,
que se despiden de ella como cada ocaso,
allí estará con el mismo rictus mañana en la tarde,
esperando su manta de calor diario,
la cadencia del río que no varía,
a mi parecer todos los tonos para los oídos
que desean escuchar esta armoniosa divinidad de la creación,
excelso gran río, escultor sin nombre,
de cada valle, de cada roca,
de la imaginación de los con nombre,
que se encuentra en sus dominios de camino hacia vosotros,
habitantes de esa ciudad insalubre que atraviesa,
perdiendo el poder que le quitan
los incansables seres del progreso faraónico.
Nací sin nombre, dulce, cristalino y oxigenado,
pero se empeñan en volverme ponzoñoso,
y con esa agua maldita, bautizarme “Manzanares”.
de cada valle, de cada roca,
de la imaginación de los con nombre,
que se encuentra en sus dominios de camino hacia vosotros,
habitantes de esa ciudad insalubre que atraviesa,
perdiendo el poder que le quitan
los incansables seres del progreso faraónico.
Nací sin nombre, dulce, cristalino y oxigenado,
pero se empeñan en volverme ponzoñoso,
y con esa agua maldita, bautizarme “Manzanares”.