
Me alejo, dejándome arrastrar por un desconocido sentido, a este rincón sin esquinas donde poder esconderse, frente a la inmensidad de este gigante salino que viaja a través de las fronteras y del tiempo. Sosegado en esta roca inerte, fría y silenciosa, la oscuridad va tiñendo de negro el día, el horizonte se acerca cada vez más deprisa hacia mí, la negrura me abraza y me hace su reo. Dejo de sentir. El agua acaricia las rocas escondiéndose entre sus ínfimas grietas, como queriendo escapar del mar. Una gaviota maúlla allá en lo alto del faro, su sombra siniestra arropando la arena. Alguna ola embravecida por la luz del faro me vomita su espuma biliosa y salina. A mi imaginación crapulosa le parece ver como las olas se desnudan y entregan su cuerpo andrógino a este neptuno terrestre. Ya sé por qué Alfonsina eligió un lugar similar para entregar sus sentidos. En mi envés, el ruidoso ruido.