Peldaños en penumbra que separan las ruinas
y descienden a la puerta de los astros incoloros
donde no alcanza la luz podrida de amaneceres
sensatos, nacarados.
Escaleras que recorren un mismo itinerario a la vez
que duermen al intrépido inquilino que asciende
y desciende peldaño tras peldaño en un vagar eterno
pulido e imbuido.
Pies que bailan con una cadencia indescriptible sobre
las olas varadas de cada rellano observados por los
promiscuos ventanillos que de adentro hacia fuera
se convierten en muros sin puertas fraternales
roídas, sin vidas.
Pasos que se alejan detrás del sonido que inunda
la pubertad de esta mi otra realidad no ordinaria
partida en trozos de mármol ladino, ateniense,
todo lo que yo subo ya estuvo.